“La educación es el oficio más antiguo del mundo” con esta frase lapidaria inicia su más reciente y exitosa obra el Dr. David Bueno, profesor e investigador de genética en la Universidad de Barcelona. Y es que, como el mismo indica, la educación es anterior a nuestra especie. “Todos los animales -escribe en Neurociencia para educadores (Editorial Rosa Sensat, 2017)- que, de una u otra manera cuidan de sus crías, las educan”.

En este post, sin embargo, no deseo hablar de la universalidad biológica de la educación, sino que me propongo reflexionar sobre el “oficio de educar”.

A partir de mi segunda obra de desarrollo personal publicada, Buenas noches y buena suerte: cómo atraer la fortuna mientras duermes (Ediciones Invisibles, 2011), mi manera de escribir libros es la siguiente: A partir del 1 de enero del año en curso voy incubando y “construyendo” el manuscrito, de forma que, aunque leo al azar, me sucede lo que con gran tino afirma José Antonio Marina: “Cuando se lee un libro dentro de un proyecto, no se lee realmente: se vendimia”.

Una educación antifrágil

“Nunca permití que la escuela entorpeciese mi educación”.

Mark Twain

Mi técnica particular de “vendimiar” lecturas consiste en subrayar las frases más interesantes, tomar notas en las hojas blancas que preceden al texto, y por las noches, y/o durante el fin de semana, trasladar al documento word, que se convertirá en mi nueva entrega editorial. todo aquello que se me antoja relevante. Durante el verano (existen tres razones muy poderosas para dedicarse a la enseñanza: julio, agosto y setiembre) redacto una primera versión. Y, en cuanto la finalizo, corrijo, corrijo y corrijo hasta la saciedad, antes de dar por acabado el libro justo el 31 de diciembre.

No es de extrañar, por consiguiente, que hoy 19 de mayo de 2018, sábado primaveral antesala del verano, ya me esté haciendo literalmente encima mi nuevo ensayo: Educada Mente, cómo criar hij@s inteligentes, buenos, felices y triunfantes. En él, el título es inequívoco, reflexiono profundamente sobre el “oficio de educar”.

En este contexto, una obra del autor libanés Nassim Nicholas Taleb, cuya temática en principio está muy alejada del ámbito de la educación, se ha erigido “Involuntariamente” en un libro de cabecera para mí: Antifrágil: las cosas que se benefician del desorden.Pues bien, según Nicholas Taleb, la educación se ve muy favorecida con el azar y la improvisación.

“A pesar de mis títulos académicos -afirma este autor en un pasaje paradigmático del libro- soy un puro autodidacta”. Suscribo punto por punto esta boutade: ideé el Método Kimmon, que con el tiempo se ha convertido en la Programación Neuro-Caligráfica, mucho antes de doctorarme, de ser neuropsicólogo, de cursar infinidad de másteres e incluso de ¡diplomarme en grafología! Todo lo que he estudiado ha sido a posteriori y -siguiendo un sabio consejo de mi esposa- para que nadie me pudiera acusar de charlatán.

Educa bien a tus hij@s: haz que sean unos ¡inconscientes!

“Todo está en los libros. ¿Qué te preocupa? ¿Liderar mejor? 124.256 libros. ¿Mejorar las habilidades? 345.678 libros. ¿Trabajar en equipo? 342.145 libros. Todo está en los libros”.

Vïctor Küppers

“Solo son libres los autodidactas -continúa diciendo Nicholas Taleb con su estilo provocador, y añade: – No creo en el aprendizaje estructurado. Creo que se puede ser un intelectual sin necesidad de ser un nerd siempre que tengamos una biblioteca privada en lugar de un aula y que dediquemos tiempo a actuar como flâneurs sin rumbo que se benefician de lo que nos pueda dar la aleatoriedad de la biblioteca y fuera de ella.”

Esta enmienda a la totalidad del sistema educativo formal, que también realiza Sir Ken Robinson -el conocido educador, escritor, y Doctor por la Universidad de Londres- entronca con los recientes descubrimientos de la neurociencia, que nos muestran que educar “el consciente” de nuestros estudiantes, que es a lo que se dedica muy en especial la escuela, no acaba de ser una estrategia eficaz. “El cerebro manipula la información que recibe para hacerla congruente a su realidad preconcebida -advierte David Bueno en un pasaje destacado hacia el final del libro citado-. Por eso ninguna estrategia pedagógica funciona de la misma manera en todas las personas, y hay que adaptar las metodologías a la mente de los alumnos.”

Pero si no educamos el consciente de nuestr@s alumn@s e hij@s, ¿qué educamos? ¡El inconsciente! El inconsciente entendido como ese arcano neurológico productor de la mayoría de nuestras ocurrencias, emociones y sentimientos, el responsable de que nos enamoremos de quien nos enamoramos, de que a unos les chifle el mar y a otros la montaña…

Y el inconsciente es heurístico: requiere azar, desorden, aventura, autodescubrimiento, incertidumbre, accidentes. En el sistema educativo actual se enseñan certezas, cuando lo que realmente nos forma, nos hace libres, creativos e innovadores, son las incertezas. Ahora bien, a pesar de que, como asegura el sagaz filósofo español José Antonio Marina, “El fin de la educación es aumentar la probabilidad de que suceda lo que queramos”, dado que ignoramos cómo funciona el inconsciente, nadie garantiza el éxito. Solo sabemos que si le ponemos empeño, determinación y oficio podemos contribuir muchísimo a que el proyecto educador llegue probablemente a buen puerto.

¿Y si, a pesar de todo, sale mal?

Hace 2300 años, Aristóteles sentenció que el pensamiento genera la acción; que esta acción induce a un comportamiento; que este comportamiento repetido crea el hábito y que de este hábito se desprende nuestro carácter. El filósofo griego nos confirió las claves de la educación. Pero en aquel entonces se ignoraba que lo aprendido se podía desaprender, de manera que los seres humanos podemos reeducarnos a cualquier edad. No es ni rápido ni fácil, pero es posible y sobre todo factible, si nos lo proponemos y pasamos a la acción.

Se trata, entre otras cosas y dejando de lado posibles entrenamientos, de construirse una biblioteca personal, de “encenderse” un libro con otro. De leer aparentemente sin rumbo, pero siempre dentro de un proyecto de vida ilusionante.

Autor Joaquim Valls

WhatsApp chat